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DÉCADAS DE CAÑOS ROTOS, RÍO GALLEGOS SIN AGUA OTRA VEZ

Décadas de roturas en el acueducto de Palermo Aike vuelven a dejar sin agua a varios barrios de Río Gallegos.

DÉCADAS DE CAÑOS ROTOS, RÍO GALLEGOS SIN AGUA OTRA VEZ

Décadas de roturas en el acueducto de Palermo Aike vuelven a dejar sin agua a varios barrios de Río Gallegos.

Río Gallegos —y buena parte de Santa Cruz— arrastra desde hace más de 30 años un déficit estructural en agua y saneamiento. No es un corte puntual ni una falla aislada de un gobierno. Es el resultado de un crecimiento urbano que se fue expandiendo sin la inversión correspondiente en redes de agua, cloacas y, sobre todo, desagües pluviales independientes. El resultado es un ciclo viciado: se repara, se tapa, se vuelve a romper y el servicio público termina absorbiendo el costo de mantener caños viejos en lugar de construir infraestructura nueva.

Un sistema que no fue diseñado para lo que hoy recibe

La red cloacal de la capital fue pensada para transportar líquidos sanitarios con caudal constante. No para absorber lluvias intensas ni el deshielo. Cuando no existe una red pluvial separada, el agua de superficie ingresa al sistema cloacal —por conexiones irregulares o por falta de alternativas— y lo satura. Las bombas colapsan, las cañerías se obstruyen con arena, piedras y residuos, y aparecen los desbordes de aguas servidas en las calles.

Esto no es nuevo. Sucesivas gestiones provinciales y municipales no avanzaron de forma sostenida con la separación de pluviales y cloacales ni con el recambio masivo de las redes más antiguas. El problema se replica en otras localidades de la provincia que crecieron sin planificación sanitaria acorde.

Reparar lo viejo, una y otra vez

En lo que va de 2026 se han registrado varias intervenciones de emergencia sobre los acueductos principales de Río Gallegos. Fisuras en cañerías de hierro fundido de 500 mm y de 700 mm en la zona de Palermo Aike, reparaciones en la Autovía 17 de Octubre y otras roturas en tramos maestros han obligado a Servicios Públicos Sociedad del Estado (SPSE) a activar protocolos de contingencia, llenar cisternas y trabajar de madrugada o durante jornadas enteras para restablecer el suministro.

El personal de la empresa provincial realiza estos trabajos con recursos propios, muchas veces financiados con lo que se recauda de las facturas. Se cambian tramos dañados, se controlan presiones para evitar nuevos golpes de ariete y se restablece el servicio de forma gradual. Es mantenimiento correctivo constante sobre infraestructura envejecida, no inversión de capital que renueve la red de forma estructural.

Extensiones puntuales de redes de agua o cloacas se han ejecutado en algunos barrios (con fondos propios de SPSE o del municipio), pero no alcanzan a resolver el déficit acumulado de décadas ni la falta de un sistema pluvial independiente que alivie la sobrecarga del cloacal.

Prioridades y fondos

Mientras el ciclo de reparación de caños viejos se sostiene con el esfuerzo operativo del servicio público, se destinan recursos a otras iniciativas. La reactivación del ramal ferroviario Jaramillo–Fitz Roy contempla una primera etapa con una inversión del orden de los 497 millones de pesos (parte de un paquete mayor anunciado para la zona). En El Calafate se impulsaron y apoyaron eventos como la Winter Swimming World Cup, con infraestructura flotante y articulación provincial para posicionar el destino.

No se trata de cuestionar el valor de proyectos turísticos, culturales o de conectividad. Se trata de señalar que, en paralelo, la infraestructura básica de saneamiento —la que evita que el agua se corte por una fisura en un caño de hierro de hace décadas o que las cloacas desborden cuando llueve o deshiela— sigue dependiendo de reparaciones reiteradas en lugar de una inversión de fondo, planificada y sostenida en el tiempo.

Lo que falta

Río Gallegos y otras ciudades de Santa Cruz necesitan redes de agua y cloacas dimensionadas al crecimiento real, un sistema de desagües pluviales independiente y el recambio progresivo de las cañerías más antiguas. Sin eso, el servicio público seguirá destinando tiempo, personal y recursos a tapar fugas y destapar redes saturadas, mientras los vecinos viven cortes, bajas de presión o desbordes que ya no deberían ser la norma.

El problema no pertenece a un partido ni a una gestión. Es una deuda de planificación que han acumulado quienes estuvieron a cargo a lo largo de los años. Mientras no se decida seriamente poner la plata en lo básico —las cañerías que están bajo tierra—, el ciclo de reparar lo mismo una y otra vez va a seguir, y lo va a seguir pagando el servicio público y, en definitiva, quienes usan y pagan el servicio.

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