
MILEI ARRUGÓ: El pueblo frenó la entrega de tierras
La presión social, de productores y de gobernadores aliados obligó al oficialismo a retirar el capítulo de extranjerización. Un freno claro a la cesión de soberanía.
Opinión | Facundo Paredes
En apenas unos días de agosto de 2026, el Gobierno de Javier Milei vivió uno de los reveses políticos más claros de su gestión. Y no fue por una interna, ni por un error de cálculo técnico. Fue porque la voz de los argentinos se impuso.
Lo que empezó como un intento de eliminar casi todos los límites a la compra de tierras rurales por parte de extranjeros terminó con el oficialismo retirando por completo el capítulo más polémico de su proyecto. No fue un gesto de generosidad. Fue una marcha atrás forzada. Arrugaron.
La historia es sencilla y contundente. Dentro del proyecto de “Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada” —impulsado con fuerza por Federico Sturzenegger—, el Capítulo III buscaba modificar de raíz la Ley 26.737 de Tierras Rurales, vigente desde 2011. Esa norma, imperfecta pero vigente, establece que los extranjeros no pueden poseer más del 15% de las tierras rurales a nivel nacional, provincial y municipal. También pone límites en la zona núcleo y protecciones especiales en fronteras y recursos estratégicos.
La versión original del Gobierno iba mucho más lejos: eliminaba prácticamente cualquier tope. Frente al rechazo inmediato, intentaron una concesión de última hora y propusieron subir el límite al 25%. Ni siquiera eso alcanzó. El miércoles 5 de agosto, Patricia Bullrich anunció que retiraban completamente el capítulo. La sesión del jueves se mantiene, pero sin el punto más conflictivo.
¿Qué cambió en tan poco tiempo?
La calle, las redes y la política territorial hablaron más fuerte que los despachos de la Casa Rosada.
Durante días se multiplicaron las manifestaciones y los pronunciamientos. Productores, ambientalistas, sindicatos, movimientos sociales y vecinos salieron a decir, con claridad, que “la patria no se vende”. Artistas con fuerte llegada popular se sumaron al rechazo. El eje del reclamo fue contundente: no se trata solo de hectáreas. Se trata de soberanía sobre el agua, los acuíferos, los bosques nativos, la cordillera y las zonas de frontera.
A ese ruido social se le sumó un factor decisivo: los gobernadores aliados. Figueroa, Jaldo y Passalacqua se pronunciaron en contra. Senadores dialoguistas que hasta entonces acompañaban empezaron a marcar distancia. El poroteo se cayó. Prefirieron sacrificar el capítulo antes que perder toda la sesión.
Este episodio deja varias lecturas que, desde el sur, se leen con especial atención.
Primero, confirma que hay temas que todavía generan un consenso transversal en la Argentina. La tierra, el agua y la soberanía territorial siguen siendo sensibles más allá de las grietas ideológicas. Ni el discurso de “atracción de inversiones” ni el de “seguridad jurídica” lograron imponer una desregulación total cuando el costo político se volvió demasiado alto.
Segundo, muestra los límites reales del poder de Milei en el Congreso. Cuando el rechazo es masivo y se combina con presión territorial, la capacidad de forzaje se reduce. El “todo o nada” libertario choca contra la necesidad de negociar.
Y tercero —y esto es lo más importante—: la voz de los argentinos todavía pesa. No es romanticismo. Es realidad. Cuando se articulan productores, vecinos, organizaciones y hasta sectores del propio arco dialoguista, el Gobierno se ve obligado a recalcular. En este caso, arrugó.
Queda pendiente el resto del proyecto, que incluye cambios en desalojos, expropiaciones y manejo del fuego. Pero el mensaje político ya está dado. En un país donde la desconfianza hacia la entrega de recursos naturales es histórica, intentar liberalizar completamente la compra de tierras por extranjeros despertó un rechazo que el oficialismo no pudo contener.
Desde el sur, donde la tierra y el agua no son abstractos sino parte de la identidad y de la supervivencia de las comunidades, este episodio se lee con claridad: hay líneas rojas que todavía resisten. Y por ahora, la voz de los argentinos sigue teniendo la capacidad de ponerle freno a las decisiones que se perciben como una cesión de soberanía.
No fue una derrota menor. Fue un recordatorio.